31.1.07

Exhibición de cadáveres

Bodies: the exhibition: http://www.bodiestheexhibition.com/bodies.html
Mucho se ha hablado de la separación irremediable de las ciencias y las artes, allá, a finales del siglo XVIII, atraídos por las especialidades y las catalogaciones. Hasta que descubrimos esto. Y nos preguntamos: ¿puede ser cierto? Un recorrido por el órgano exquisitamente expuesto para admiración de visitadores de museos. La exhibición de los cadáveres.
Si bien el conocido arte de la anatomía ha sido desde siempre objeto de la medicina, que se enorgullece de carecer de moralidad, nunca ha dejado de producirnos cierto rubor en las mejillas. Eso era un hombre. Unos cuantos hombres, para precisar.
El culto a la muerte se considera el punto de partida de lo que, tiempo después, algunos clasificadores han catalogado como el nacimiento del hombre tal y como lo conocemos. Se dice que el imperfecto hombre del Neanderthal se diferenció del simple simio, al que la muerte le dejaba indiferente, al enterrar los cadáveres de los suyos. Según Georges Bataille, esta acción revela respeto y miedo.
Hacer arte con cadáveres, teniendo la cuartada de la historia natural y la distancia del bisturí, no sólo muestra esta fascinación por la muerte, sino que esconde otra cosa.
Adultos y niños, unos detrás de otros, se pasean por una sala que ha olvidado lo sagrado, acostumbrados a desterrar la muerte a los hospitales y convertirla en un montón de cables y escáneres. Esto que vemos no es otra cosa que una lección de anatomía. Salvo por un detalle. ¿Qué pinta aquí el arte?
No dejemos de admirar la belleza cuando la veamos. Pero no seamos necios: una exposición así debería dejarnos sin palabras. No desaprovechemos la oportunidad para plantearnos qué hacen todos esos cuerpos, esos cadáveres, exquisitamente diseccionados, milimétricamente examinados. Porque esa delicada y siniestra exhibición de la muerte nos debe recordar que el horror nos ha llevado a los museos como ovejas inocentes. No dejemos que esta fascinación aterradora justifique a la ciencia.

14.1.07

Así me habló Zaratustra


Debajo de la mata de bigote hay una boca. Una boca que habla así: la de Zaratustra. Un bailarín del entusiasmo.
Si por desgracia ha entrecruzado los ojos y ha bostezado hacia dentro, retome una lectura olvidada y prejuciosa. Comience a deslizar sus pupilas y déjese llevar. Acabará saltando como un niño.

Ahora lo sabe: la risa del Zaratustra nietzcheano hará temblar la opacidad de su mirada. Pero no tema: este profeta es divertidísimo. Su espíritu saldrá fortalecido y llegará a la conclusión, tal como hice yo, de que no existe mejor manual de autoayuda que este libro.

He elegido ese concepto del eterno retorno de lo mismo para explicármelo. Si me sitúo en el tiempo y coloco un punto en una línea imaginaria para marcar el presente, y pienso que esa línea es infinita, tanto hacia el pasado como hacia el futuro, me doy cuenta de que este presente, además de ser una nimiedad parecida a lo que llamamos "instante", está tejido con una paciencia repetitiva. Si el pasado y el presente son infinitos, todos los acontecimientos ya han ocurrido y volverán a ocurrir. Y no sólo eso, he pensado yo sacándole partido al asunto, sino que todo aquello depreciado en la decisión de turno, también ha acontecido en ese devenir. Esto último me ha dado esperanzas.

Haga lo que haga y deje de hacer lo que deje de hacer, cada acción ya ha tenido su lugar. Y como he perdido la memoria (pasada y futura) y voy haciendo tal y como me aconsejan mis presentimientos, no temo equivocarme. Lo que me voy dejando por el camino ya ha ocurrido. Y volverá a suceder.
Qué mejor que retomar los movimientos que en este presente me apetecen. Ya habrá ocasión de volver a ensayar lo demás.

2.12.06

Antonin Artaud (primera parte)

Imagínese lo siguiente:
Usted ha elegido una palabra para decir, porque quiere nombrar una "idea", -esa conexión de circuitos químicos que llamamos "pensamiento"-, pero, una vez ha salido de su boca y se ha transformado en fonemas, se da cuenta de que esa palabra no era exactamente la que estaba buscando. Esa palabra, que ha salido impulsada por una conexión de circuitos mentales, no alcanza a definir con exactitud aquello que nuestro pensamiento estaba procesando. Quisimos traducir y ha salido "otra cosa", parecida semánticamente, pero no "exactamente", y sentimos, aterrados, que el lenguaje no nos pertenece.
Pero sigamos: no sólo el lenguaje nos resulta ajeno, inoportuno, torpe, sino que desconfiamos incluso de nuestro pensamiento, que no sabe traducir esa intuición más que con el lenguaje, una herramienta flexible para establecer contactos con los demás.
¿Y si, en vez de traducir, nos dedicamos a aprender el lenguaje del cuerpo?
El cuerpo, señores, también puede comunicarnos cosas. Cosas más "del cuerpo", sabias, también, aunque menos exquisitas, pero estrechamente relacionadas con ese mundo de palabras detrás del que nos escondemos.
Nietzsche hablaba del lenguaje como de un siervo. Nuestras cavilaciones continuadas, nuestros replanteos y argumentaciones, todo ese tejido de matices elaborado por el placer de la descripción, sólo responden a un objetivo: dejarnos tranquilos y olvidarnos del que manda: el instinto. El cuerpo dicta y el pensamiento lo defiende de nosotros. Y nosotros, engañados, nos autoconvencemos.
Para Antonin Artaud, este deshonesto mecanismo resultaba enloquecedor. Alguien le había "robado" el lenguaje.
En una de sus cartas, quizá la más citada de entre ellas, Artaud explicaba a Jacques Rivière: "hay una cosa que destruye mi pensamiento, una cosa que me impide ser lo que podría ser, pero que me deja, de alguna manera, en suspenso. Algo furtivo que me quita las palabras que había encontrado...".
El temor se produce por la incapacidad de dominar su pensamiento. Y no puede dejar de percibirlo. Las palabras se le escapan y nosotros sentimos el aliento del abismo.

12.11.06

Una tarde con Luce Irigaray

A Gaby y Belén

Posiblemente sea uno de los cuestionamientos intermitentes (aunque crónicos) dentro de mis ya pocos momentos dedicados a la pregunta sobre la identidad. La identidad femenina, claro está. Y ha llegado a mis manos, no por azar, un libro de Luce Irigaray, Ce sexe qui n'en est pas un. Se trata de una recopilación de artículos publicados por esta autora en diversas revistas de investigación. Y uno de ellos, el que da nombre al libro, ha despertado en mí cierta curiosidad, y cierto nerviosismo.

Luce Irigaray hace una lectura crítica sobre el concepto de lo femenino a partir de los postulados presentados por Freud. Comienza con una sentencia que a cualquiera de nosotras no nos sorprenderá, ya que es cierto que la sexualidad femenina, y con ella, la identidad de la mujer, ha estado desde siempre pensada a partir de parámetros masculinos.

La mujer es definida como lo otro del varón, lo que no es varón, lo que "no tiene pene". Y si bien es cierto que la construcción del pensamiento occidental ha partido, para organizar el mundo, de dicotomías lógicas (lógicas para cualquiera que haya nacido bajo el paradigma de occidente), y de esa manera ha conseguido definir un elemento por oposición a otro elemento (blanco-negro, bueno-malo, habla-escritura, masculino-femenino, etc.), muchos se han encargado, y se están encargando, de pensar el mundo de otra manera. En esta oposición, uno de los elementos aparece jerarquizado. El primer paso, entonces, será invertir esa jerarquización.

Después de la claridad del estructuralismo, que ha puesto sobre la mesa el sistema de oposiciones con el que hemos construido nuestra interpretación del mundo, la deconstrucción, de la mano de Jacques Derrida, ha conseguido establecer un método, o más bien un antimétodo, con el que comenzar a descuartizar estas dicotomías y ver qué pasa.

Luce Irigaray parte de estos parámetros filosóficos. Realiza una lectura crítica y deconstructiva del concepto femenino en Freud (que en un primer paso nos lleva, lógicamente, a la desjerarquización de la oposición masculino-femenino) y llega a insinuarnos una cálida observación sobre la sexualidad de la mujer: la femme a des sexes un peu partout.

De hecho, la sexualidad de la mujer no se limita a escoger entre la actividad clitoriana y la pasividad vaginal (como ha querido Freud, facilitándose la clasificación entre la auto-erotización y la hétero-erotización en la mujer), porque el placer de la caricia clitoriana no se sustituye por el placer de la caricia vaginal. Sin contar con que la totalidad de la geografía femenina se erotiza y se multiplica.

La mujer se acaricia a sí misma todo el tiempo, nos dice Luce. Y nadie puede prohibírselo. Porque su sexo está hecho de dos labios que se besan continuamente. Así, ella es dos, aunque no divisible en uno y otro, que se toca(n) mutuamente. Este es su auto-erotismo irrenunciable.
En ella aparece el tú y el yo, anatomizado en su propio sexo. Fundido en ella, uno y otro, indivisibles.

La mujer no es lo otro del varón, es otra cosa. Y Freud ha vislumbrado esta complejidad al encontrarse con la doble erogenidad de la mujer. Pero interpretó a su manera, y el clítoris fue presentado como un pequeño pene castrado y la vagina como la lógica cavidad erótica preparada para la concepción.
Y me niego a pensar que la identidad femenina se reduzca a la concepción. Y me niego, también, a identificarme con la identidad castrada, la de no-ser varón.
Gracias, Luce, por tu lucidez.

3.11.06

La siesta de tus aguas

He visto que dormías y que tus labios se hinchaban blandamente, y que en tu boca crecía un globo de saliva, un espeso círculo de baba compuesto de tus sueños, una esfera que brillaba con la luz pálida del invierno y que ha terminado por despegarse trabajosamente de tu boca para salir volando, globo acuoso y libre, y que ha cruzado lentamente la habitación y ha salido por la puerta como un aliento rechazado. Tu burbuja que flotaba por toda la casa, paseándose como una señora gorda, ha terminado por chocar contra la pared. Pobrecita. La burbuja se ha reventado, sí, ha explotado como una bola espesa, hecha de grumos y agua, compuesta de los ecos que tu alma expira por tu boca en un ronquido. Y ha hecho un ruido sordo al chocar, y ha caído al suelo. Y la he visto reposar, la esfera fofa que se deshacía, indefensa, hasta que se ha desparramado y multiplicado para inundar el pasillo. Ese globo de saliva que salió de tu boca. Pero tú estabas dormido. Y también he visto que una fina lágrima crecía en tus pestañas poco a poco, una cristalina lágrima de tu sueño, una exquisita perla blanca que se escapaba de tu cuerpo que yacía tiernamente. Debajo de tus párpados, una y otra vez la lágrima huía de ti, resbalaba por tus mejillas y caía repetida como una llovizna clara. Y he dejado que humedeciera las sábanas, que mojara lentamente el edredón de la siesta, esa agua gruesa que salía de tus ojos como gotas de mercurio ámbar. Y he decidido dejarte dormir, para que la tenue claridad de la tarde reposara blanda en tu cuerpo. Y he decidido permanecer a tu costado, en nuestra isla de almohadas que nos salvan del río blanco que construiste dormido. Porque nos rodean las aguas de tu saliva y de tu lágrima, el espeso líquido con el que inundaste la casa. Tú que dormías, inocente, apartado del deslizamiento que se estaba produciendo en ti. Todas las aguas de tu sueño que caían en cascada desde la cama al pasillo. Y he pensado que debía salir de allí para no ahogarme, para evitar el grito de mis pulmones asfixiados. Y he sentido que toda mi columna vertebral flotaba en ti. Y he nadado en el pasillo, y he dejado que tu sueño me empapara, y he visto que la casa se hidrataba toda de ti. La casa, las paredes de la casa blanca, las pálidas sombras de la tarde, la plácida siesta en tu frente. Y he vuelto a ti, atravesando con mi cuerpo entumecido las espesas aguas blancas, y he subido a nuestra isla, y he visto que aún dormías, y me he abrazado a ti para soñar contigo, cómodamente envuelta en tu cuerpo. Y he despertado, y tú ya no dormías, ya no. Y el río de ti había regresado a tu boca, se había deslizado por las rendijas de tus pestañas para que pudieras volver a la vigilia, para que la humedad de las aguas tuyas se diluyera en el aire. Y he visto que el vapor se esfumaba de la siesta y buscaba las ventanas para encontrarte, más tarde, lejos de aquí.