Exhibición de cadáveres
Mucho se ha hablado de la separación irremediable de las ciencias y las artes, allá, a finales del siglo XVIII, atraídos por las especialidades y las catalogaciones. Hasta que descubrimos esto. Y nos preguntamos: ¿puede ser cierto? Un recorrido por el órgano exquisitamente expuesto para admiración de visitadores de museos. La exhibición de los cadáveres.
Si bien el conocido arte de la anatomía ha sido desde siempre objeto de la medicina, que se enorgullece de carecer de moralidad, nunca ha dejado de producirnos cierto rubor en las mejillas. Eso era un hombre. Unos cuantos hombres, para precisar.
El culto a la muerte se considera el punto de partida de lo que, tiempo después, algunos clasificadores han catalogado como el nacimiento del hombre tal y como lo conocemos. Se dice que el imperfecto hombre del Neanderthal se diferenció del simple simio, al que la muerte le dejaba indiferente, al enterrar los cadáveres de los suyos. Según Georges Bataille, esta acción revela respeto y miedo.
Hacer arte con cadáveres, teniendo la cuartada de la historia natural y la distancia del bisturí, no sólo muestra esta fascinación por la muerte, sino que esconde otra cosa.
Adultos y niños, unos detrás de otros, se pasean por una sala que ha olvidado lo sagrado, acostumbrados a desterrar la muerte a los hospitales y convertirla en un montón de cables y escáneres. Esto que vemos no es otra cosa que una lección de anatomía. Salvo por un detalle. ¿Qué pinta aquí el arte?
No dejemos de admirar la belleza cuando la veamos. Pero no seamos necios: una exposición así debería dejarnos sin palabras. No desaprovechemos la oportunidad para plantearnos qué hacen todos esos cuerpos, esos cadáveres, exquisitamente diseccionados, milimétricamente examinados. Porque esa delicada y siniestra exhibición de la muerte nos debe recordar que el horror nos ha llevado a los museos como ovejas inocentes. No dejemos que esta fascinación aterradora justifique a la ciencia.

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